Un día de hace casi veinte años nos despertamos con la noticia de la muerte de River Phoenix por sobredosis. Había sido todo un icono para muchos de nosotros, pacifista, vegetariano, ecologista. Su vida superaba cualquier ficción, hijo de hippies crecido en una secta, con una existencia digna de una gran novela. Era el mayor de una serie de artistas de los que entonces únicamente nos sonaba Rain. Un día tras otro nos empapábamos los periódicos para saber las circunstancias del fallecimiento, pero todo lo que viene de los USA tiende a camuflarse y no se quería que la imagen impoluta del actor se viera empañada por su muerte a las puertas del pub Vipper Room rodeado de algunos de sus amigos, como Johnny Depp mientras su hermana intentaba reanimarlo. Tenía sólo veintitrés años y lo habíamos mitificado, más que por sus películas comerciales, por sus papeles en la pantalla más underground, como aquel inolvidable My own private Idaho, donde el mito se clavó para siempre en nuestras retinas colectivas. River Phoenix había muerto y nosotros no sabíamos muy bien dónde estábamos, quiénes éramos, pensando que el futuro era absolutamente nuestro.
Éramos la Generación X, el término que Douglas Coupland había acuñado y que englobaba a los que habíamos nacido entre 1970 y 1980 con una serie de características más o menos comunes. Yo confieso que fui de los miembros más privilegiados de aquella privilegiada generación. Viví teniendo cuando quise y pedí, nunca pensé que los años posteriores darían tantos giros que harían absolutamente irreconocible la realidad. Para mí el mundo eran mis películas, mis libros, mis noches, mis viajes, mis estudios, mis amigos y mi deseo irrefrenable de comerme la vida y vivir intensamente cada día. Confieso, lo confieso que mucho de Historias del Kronen tiene que ver conmigo. El resto poco me importaba. Salamanca, Brighton y Madrid fueron mis escenarios principales de aquellos años, Bolonia, Oxford, Cambridge, Saint Andrews, Londres o Florencia fueron otros más secundarios. En la medida de lo posible he intentado no acercarme en exceso a ellos hasta no volver a estar preparado. Donde no me acercaba, a no ser que fuera estrictamente necesario, era a Cáceres. El tener poco contacto con la familia era una de las características que Coupland había dado a la Generación X, entre otras, como la apatía, la depresión, el descreimiento en el sistema y las instituciones, y otras cuantas más que no recuerdo ahora, en una palabra, aquello que se dio en llamar el grunge, con sus diversas vertientes. Yo acuñé el término pijogrunge para definir al grupo de amigos. El palabro lo traduje de mi original inglés poshgrunge, pues ésa era la lengua que más se usaba en la pandilla, aunque confieso que durante cuatro años la lengua que más hablé fue el italiano. Eso mezclado con los otros idiomas hizo que a mi vuelta a la patria chica tuviera un acento en castellano bastante peculiar.
Y hablando de retornos me encontré al volver a España con el término JASP, jóvenes aunque suficientemente preparados, que era como se nos llamaba por estas tierras. Como ya dije pensábamos que el futuro era nuestro y que todo sería un camino de rosas abonado por los ideales que teníamos en la cabeza, aunque los medios aseguraban que éramos unos pasotas, pero bien es cierto que no he ido a más manifestaciones, asambleas y actos en la década de los 90 que en toda mi vida, incluyendo mi no demasiado extensa carrera política que inicié al final de esa década, como natural consecuencia de mi activismo, eso sí, moderando bastante mis posiciones de comienzo de la década. Si el día en que fui uno de los agitadores de la pitada a Felipe González en la Autónoma me hubiesen dicho que habría acabado militando en el PSOE y ocupando cargos públicos me habría partido de la risa.
Éramos pasotas, decían, nos habían dado todo hecho, afirmaban, pero las carreras las sacamos nosotros, los idiomas los aprendimos nosotros, viajando y estudiando. Pasamos de la tele en blanco y negro a los cinco canales privados y la parabólica, de la cámara de super 8 al vídeo, de las cintas y los vinilos al cd y el walkman, vimos cómo las cocinas se llenaban de aparatos de aspecto galáctico, conocimos los teléfonos inalámbricos, los móviles, que a finales de aquella década ya casi todos teníamos, y en plena adolescencia tuvimos entre nuestras manos los primeros ordenadores personales (Spectrum, Dragon, Commodore), mientras la música de la movida daba fondo a nuestra adolescencia, vimos los IBM, el sistema MS2, los primeros Mac que nos sorprendían y que hacían que Windos 95 no fuera ninguna sorpresa para quienes habíamos conocido esos ordenadores cubo, yo manejé internet por primera vez en Inglaterra en 1991 y en el 92 tenía un email lleno de números imposible de recordar. Supongo que debería hablar de los Juegos Olímpicos y la Expo, pero eso me cogió fuera de aquí y sólo tengo recuerdos televisivos. En una palabra, la década dorada de la Generación X comenzó con la Caída del Muro y nosotros, en aquel entonces, entendíamos perfectamente nuestro entorno, aunque viviéramos al margen de él y prefiriéramos golpear las puertas del cielo o afirmar nuestro propio deseo estar en la esquina o en la calle apurando todos los cálices hasta la última gota.
En aquellos días se publicaron algunas espléndidas novelas con títulos tan premonitorios cono "Matando dinosaurios con tirachinas" o "Arde lo que será" casi dis décadas después (Dios mío como pasa el tiempo) se han convertido en la cruda realidad de los que conformamos esa Generación X: hastiados, parados, endeudados, faltos de ilusión y esperanza, frustrados porque nuestros sueños se han ido al garete. No narro ni cuento casos porque seguro que todos tenéis alguno cerca. Cuando compré mi casa hace diez años daba clases, escribía, dirigía, hacía tele, ocupaba cargos públicos... Excepto la política, que la dejé por propia decisión, el resto el viento se lo llevó. Hoy vivo sin ilusión, sin ganas de levantarme, porque un día está lleno de horas que llenar. Ni de escribir tengo ganas y lo podéis ver en este blog que durante años tuvo entradas diarias y ahora pasan los meses sin que escriba una línea. Si me muevo me deprimo por las negativas que recibo una tras otra, porque para cualquier cosa tengo demasiado currículum (manda narices), y si me quedo mano sobre mano me come el remordimiento de nada hacer y así pasa mi vida en un círculo vicioso en el que cada día estoy más encerrado, atado a mi hipoteca, enclaustrado en mi mundo interior y con fobia auténtica a todo lo que está más allá del umbral, aunque me queda el inútil consuelo de saber que soy un cuarentón que pertenezco a la generación mejor formada de la historia. Menos da una piedra...
Hoy quiero confesar...
miércoles, 28 de noviembre de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
El enemigo está dentro
Quiero dejar claro que estas palabras las escribo con carácter meramente personal y que, a pesar de ello, seré lo más escrupoloso que pueda, pero basándome en mis posiciones, que nunca he escondido y siendo -tal y como lo entiendo- fiel a la Verdad de forma respetuosa. Soy el único responsable de estas palabras las que, en ningún caso, vinculo a ninguna Institución a la que pertenezco. Hecho este proemio entro en materia.
No puedo dejar de mostrar mi indignación ante los acontecimientos recientemente sucedidos en Roma y de los que todos estamos informados. Podría añadir asombro pero, por desgracia, ésa es una capacidad que estamos perdiendo. Me ciño a las declaraciones del Portavoz de la Santa Sede y nada más añadiré. La presunción de inocencia en este caso no tiene cabida por la aceptación de los hechos por parte del imputado y aunque haya que ser intransigente con el pecado e indulgente con el pecador el daño ya está hecho y de qué manera. Los medios de comunicación social, que están acechando cualquier noticia que pueda resultar escandalosa procedente de los Palacios Apostólicos, afilan sus cuchillos para despedazar la presa y atacar a la Santa Madre Iglesia.
No creo que sea una mera casualidad que esta desafortunada situación haya acontecido en un momento en el que la Iglesia se ve atacada tanto por los poderes económicos como por sus adláteres políticos, ya sean liberales, socialdemócratas y socialistas quienes, por fin, se han quitado la careta. No son ya los marxistas o los fascistas los enemigos de la Iglesia, sino los defensores de las democracias occidentales, quienes cuentan, por otra parte con millones de votantes católicos, que ignoran lo que los partidos camuflados tras estas ideologías esconden.
Las teorías conspiratorias se multiplican y suceden ahora, y es que lo novelesco vende mucho y se hace ver y creer que cierta organización condenada por el Magisterio se haya detrás de todo esto. Pero eso es mera ciencia ficción para vender periódicos y revistas, más de algún panfleto o hacer documentales sensacionalistas para algún canal temático.
El único enemigo que la Santa Madre Iglesia tiene está dentro de Ella. No hay más que remontarse al Magisterio de los Pontífices desde el Beato Pío IX hasta el Venerable Pío XII para ver las advertencias y la oposición doctrinal a eso que ha sido llamado modernismo. Los últimos años del Pontificado del Venerable Pío XII pueden ser un ejemplo harto elocuente de cuanto digo. No entraré en el Cónclave que eligió Papa a Roncalli y sus pormenores que mucho han trascendido, ni las consecuencias que tuvo esa elección que se ha hecho ver como un premeditado Pontificado de transición. Nadie, con dos dedos de frente, puede sostener esa tesis. Para quien no sepa de qué escribo le invito a indagar sobre el susodicho Cónclave, pero frente a la imagen de Papa bueno y bonachón de Roncalli suele ocultarse la prohibición que sobre él pesaba para enseñar y su exilio dorado como Patriarca de Venecia. Cierto que es el Espíritu Santo quien sopla, pero no es menos cierto que la Barca de Pedro ha estado, en ocasiones, gobernada por inexpertos marineros o directamente a la deriva. El Paráclito no sopló hacia Venecia, pero ya se encargaron algunos de hacer que las cosas fueran a su gusto.
Comienzo del fin de la Tradición, triunfo aparente del modernismo en un Concilio que nadie se ha tomado la molestia de leer y a cuyo espíritu todos apelan sin saber muy bien a qué se refieren. Para que el propio Montini dijera que el humo de Satanás se colaba por las rendijas de la Iglesia, cómo sería la cosa. Esta división, esta fisura, esta ruptura es el único enemigo de la Iglesia. Laicos, religiosos, sacerdotes y jerarquías confundidas que desprecian la Verdad y que ensalzan algo que no es Iglesia. Otros tantos que defienden la Tradición del único modo en que la Iglesia la entiende y contra los que los modernistas han levantado una cruzada paralela a la de los laicistas, si no más furibunda.
El Concilio Vaticano II fue ecuménico, no dogmático, y no puede entenderse sin la Tradición de los veinte siglos anteriores. No estoy hablando de cuestiones litúrgicas, sino teológicas, porque la Liturgia no es más que la Teología aplicada. Así pues, algunos han creado una nueva iglesia, otra cosa que no es la Santa Madre Iglesia y que pretenden hacernos tragar con ruedas de molino. Resulta paradójico que en muchas ocasiones me sienta más cercano a un hermano ortodoxo o anglicano, pese a las diferencias dogmáticas, que a muchos católicos. La diferencia está en que los primeros han conservado la esencia de la Tradición, mientras que los segundos ni la conocen, y menos aún el Magisterio o la Palabra, de la que hacen interpretaciones que no caben ni en la cabeza de un protestante.
Así pues el enemigo está dentro, empujado por ese modernismo trasnochado, soberbio creador de un dios a medida del hombre, que vació templos y seminarios, alejó las almas de la trascendencia y puso en bandeja millones de católicos para el secularismo y el materialismo.
Cincuenta años de desmanes que esperemos vuelen cuando desaparezca esa generación y sus epígonos, si Dios no lo remedia. Es más que comprensible que mil millones de católicos posean diversos carismas, pero siempre inspirados por la Verdad y mientras luchamos por que sólo Cristo luzca, debemos estar junto a Pedro y bajo Pedro por el bien de la Santa Iglesia.
No puedo dejar de mostrar mi indignación ante los acontecimientos recientemente sucedidos en Roma y de los que todos estamos informados. Podría añadir asombro pero, por desgracia, ésa es una capacidad que estamos perdiendo. Me ciño a las declaraciones del Portavoz de la Santa Sede y nada más añadiré. La presunción de inocencia en este caso no tiene cabida por la aceptación de los hechos por parte del imputado y aunque haya que ser intransigente con el pecado e indulgente con el pecador el daño ya está hecho y de qué manera. Los medios de comunicación social, que están acechando cualquier noticia que pueda resultar escandalosa procedente de los Palacios Apostólicos, afilan sus cuchillos para despedazar la presa y atacar a la Santa Madre Iglesia.
No creo que sea una mera casualidad que esta desafortunada situación haya acontecido en un momento en el que la Iglesia se ve atacada tanto por los poderes económicos como por sus adláteres políticos, ya sean liberales, socialdemócratas y socialistas quienes, por fin, se han quitado la careta. No son ya los marxistas o los fascistas los enemigos de la Iglesia, sino los defensores de las democracias occidentales, quienes cuentan, por otra parte con millones de votantes católicos, que ignoran lo que los partidos camuflados tras estas ideologías esconden.
Las teorías conspiratorias se multiplican y suceden ahora, y es que lo novelesco vende mucho y se hace ver y creer que cierta organización condenada por el Magisterio se haya detrás de todo esto. Pero eso es mera ciencia ficción para vender periódicos y revistas, más de algún panfleto o hacer documentales sensacionalistas para algún canal temático.
El único enemigo que la Santa Madre Iglesia tiene está dentro de Ella. No hay más que remontarse al Magisterio de los Pontífices desde el Beato Pío IX hasta el Venerable Pío XII para ver las advertencias y la oposición doctrinal a eso que ha sido llamado modernismo. Los últimos años del Pontificado del Venerable Pío XII pueden ser un ejemplo harto elocuente de cuanto digo. No entraré en el Cónclave que eligió Papa a Roncalli y sus pormenores que mucho han trascendido, ni las consecuencias que tuvo esa elección que se ha hecho ver como un premeditado Pontificado de transición. Nadie, con dos dedos de frente, puede sostener esa tesis. Para quien no sepa de qué escribo le invito a indagar sobre el susodicho Cónclave, pero frente a la imagen de Papa bueno y bonachón de Roncalli suele ocultarse la prohibición que sobre él pesaba para enseñar y su exilio dorado como Patriarca de Venecia. Cierto que es el Espíritu Santo quien sopla, pero no es menos cierto que la Barca de Pedro ha estado, en ocasiones, gobernada por inexpertos marineros o directamente a la deriva. El Paráclito no sopló hacia Venecia, pero ya se encargaron algunos de hacer que las cosas fueran a su gusto.
Comienzo del fin de la Tradición, triunfo aparente del modernismo en un Concilio que nadie se ha tomado la molestia de leer y a cuyo espíritu todos apelan sin saber muy bien a qué se refieren. Para que el propio Montini dijera que el humo de Satanás se colaba por las rendijas de la Iglesia, cómo sería la cosa. Esta división, esta fisura, esta ruptura es el único enemigo de la Iglesia. Laicos, religiosos, sacerdotes y jerarquías confundidas que desprecian la Verdad y que ensalzan algo que no es Iglesia. Otros tantos que defienden la Tradición del único modo en que la Iglesia la entiende y contra los que los modernistas han levantado una cruzada paralela a la de los laicistas, si no más furibunda.
El Concilio Vaticano II fue ecuménico, no dogmático, y no puede entenderse sin la Tradición de los veinte siglos anteriores. No estoy hablando de cuestiones litúrgicas, sino teológicas, porque la Liturgia no es más que la Teología aplicada. Así pues, algunos han creado una nueva iglesia, otra cosa que no es la Santa Madre Iglesia y que pretenden hacernos tragar con ruedas de molino. Resulta paradójico que en muchas ocasiones me sienta más cercano a un hermano ortodoxo o anglicano, pese a las diferencias dogmáticas, que a muchos católicos. La diferencia está en que los primeros han conservado la esencia de la Tradición, mientras que los segundos ni la conocen, y menos aún el Magisterio o la Palabra, de la que hacen interpretaciones que no caben ni en la cabeza de un protestante.
Así pues el enemigo está dentro, empujado por ese modernismo trasnochado, soberbio creador de un dios a medida del hombre, que vació templos y seminarios, alejó las almas de la trascendencia y puso en bandeja millones de católicos para el secularismo y el materialismo.
Cincuenta años de desmanes que esperemos vuelen cuando desaparezca esa generación y sus epígonos, si Dios no lo remedia. Es más que comprensible que mil millones de católicos posean diversos carismas, pero siempre inspirados por la Verdad y mientras luchamos por que sólo Cristo luzca, debemos estar junto a Pedro y bajo Pedro por el bien de la Santa Iglesia.
sábado, 24 de marzo de 2012
Vanitas
Recordando el inmortal número de Cabaret se puede pensar que es el dinero el que mueve al mundo, pero no es así. Tampoco sería el poder, la fama o, incluso si se me apura, el sexo. Al mundo únicamente lo mueve la vanidad, la vacua y fútil vanidad, tan cargada de insatisfacción que siempre pide más y más.
El mundo está gobernado por vanidosos sedientos de satisfacer instintos primarios acaudalando riquezas, acumulando poderes, llenando su ego hasta el punto de despreciar a sus semejantes y no sólo creerse superiores a ellos, sino que incluso se llega al desprecio ajeno. Cierto es que todos nacemos iguales en dignidad, pero no es menos cierto que la desigualdad es un hecho natural que diferencia e identifica a cada ser humano, dándole unas características propias e inalienables. Este hecho de la desigualdad afecta a la esencia personal, pero no a las características intrínsecas propias de la esencia creadora que hay en cada uno de nosotros, ese poso divino de ser semejantes al Creador, sólo distintos en nuestra condición imperfecta, herencia de nuestros primeros padres. Así pues, quienes se ciegan por la vanidad en el ejercicio del poder asimilan un concepto espurio de la naturaleza de la desigualdad y se colocan en un falso pedestal, elevándose sobre sus propios hermanos, usándolos como cimientos de su vacuidad, como simples rasillones que soportan el peso vano de la soberbia.
Políticos, banqueros, especuladores sin escrúpulos pueden venirnos a la mente en tiempos pasados y en los actuales. Vanidosos que asientan sus feudos acentuando las desigualdades entre los hombres. No es necesario clamar aquí y ahora contra la inmoralidad de este mundo establecido sobre un orden perversamente injusto y darwinista, los pseudoparaísos capitalistas y comunistas que se dividen el mundo, nacidos ambos del monstruo de la falsa razón cartesiana, de la ilustración y de la fisiocracia, espejismos que han querido situar al Hombre en el centro de todo y lo han convertido en la más absoluta de las piltrafas al negarle su esencia transcendente con vacías promesas de libertades, igualdades y fraternidades que los propios sistemas niegan. El hombre es un mero productor, si es que puede encontrar trabajo en el mundo desarrollado en estos tiempos tiempos de crisis, un sujeto explotado por la barbarie generalizada, un instrumento del que las democracias se sirven cada cierto tiempo para que ratifique la legitimidad en las urnas, y en las dictaduras un número más que aclama. Lo mismo me da una cosa que la otra: el individuo se ha convertido en un mero número, en un chip, en un código de barras del atroz sistema, cuando no, y en el peor de los casos, en carne de cañón, en víctimas propiciatorias del sistema inmolados en las aras de la vanidad por hambrunas, enfermedades o guerras. Así de triste, un mundo en el que un millar de familias controlan prácticamente la totalidad de las riquezas, un mundo en el que, para mantener el tren de vida de unas pocas naciones (que se está desmoronando) se oprime al resto de seres humanos, condenándolos a vivir en un corral trasero, en condiciones indignas, donde los pueblos desarrollados hacemos que se libren guerras, muy lucrativas por otra parte, exportando la violencia y las tensiones fuera de nuestras fronteras.
Éstas son las consecuencias de la vanidad humana, el orden mundial más injusto al que nunca se había llegado. La negación de la transcendencia, la deificación del hombre, la liturgia del consumismo hacen que los nuevos templos se abarroten en detrimento de los verdaderos. Pero todo tiene un fin y un límite y el propio sistema lo sabe, lo que no alcanzamos a comprender es cuáles serán sus respuestas a esta crisis generalizada y a los daños, sobre todo morales, que están afligiendo a la humanidad. No creo en la impasibilidad de las masas, y ante la toma de conciencia particular de cada hombre, algo deberá suceder. Sólo espero que cuando, cada cual, al mirar en su interior en estos momentos, escuche las palabras de Verdad y Vida que yacen en nuestro interior, el mensaje rotundo y transformador del Evangelio. Este mundo pasará, pero no Dios.
Y antes de seguir ahondando en esta tediosa reflexión, no puedo negar que yo peque de vanidad, porque lo hago como humano que soy y quisiera, aunque las fuerzas muchas veces flaquean, tener mis ojos únicamente puestos en Cristo Pobre y Crucificado. A Él y sólo a Él el honor y la gloria. Pero cuesta, y mucho, porque llevar la Cruz no es tarea fácil, pero el mismo Crucificado nos ama tanto que no sólo se entregó en la Pasión y Muerte, sino que cada día se encarna de nuevo y se entrega a nosotros generosamente en forma de Pan y Vino, en un incruento Sacrificio eterno muestra de Su Amor incomparable, ayudándonos a llevar la Cruz, Él, que cargó con Ella hasta el Calvario con el peso de todos los pecados del mundo, donde Lo clavaron y entregó Su vida, inocente Cordero, manso, obediente y amante hasta la muerte. Él, que siendo Dios se hizo hombre por nosotros, renovó la Alianza, cumplió en Su Persona las Escrituras, la Ley y los Profetas, fue humilde hasta la entrega cruenta por nosotros y despreció las tentaciones, y está siempre a nuestro lado intercediendo ante el Padre como Su Ángel, ofreciéndose por nosotros en la Santa Misa, confirmándonos continuamente con el Espíritu. Si Él despreció toda vanidad, cuánto más deberemos nosotros hacer lo mismo.
Y, hecho el paréntesis, continúo con la reflexión. La vanidad no mueve únicamente los grandes centros de poder, los mecanismos económicos o políticos. Pensemos que los realmente poderosos no los conoce la gran mayoría, ellos se esconden en sus refugios atesorando vanidades y únicamente vemos a sus títeres. La vanidad hace estragos por doquier, sembrando luchas intestinas y rivalidades en los más variados ambientes, desde el más poderoso de los partidos políticos a la más mínima asociación, todos ansían su cuota de vanidad. Pequeñas guerras en las que el Mal va sembrando su simiente, en las que los hombres se destrozan por una insignificante parcela en la que satisfacer su ego. Así la vanidad va diseminándose, camuflando frustraciones e insatisfacciones, haciendo crecer las intrigas, venganzas, extraños pactos de enemigos que, en cuestión de horas y votos pasan a ser más que hermanos y viceversa. Pudiera parecer que la lealtad y la fidelidad son virtudes en desuso, pero no, la lealtad y la fidelidad a uno mismo y a su vanidad desgraciadamente proliferan por doquier y llegan hasta los lugares más insospechados.
El Mal intenta llegar incluso a lo más sagrado, a las entrañas mismas del Bien, y aunque sabe que tiene la guerra perdida, intenta ganar batallas. Esas batallas no las libra con los perdidos, porque ya los tiene ganados, sino con los más fieles. Es atrevido decir esto, pero el Mal llega a camuflarse, incluso, detrás de la Cruz. Cuando en la Cruz se ve la vanidad y no a Cristo, cuando se ven los materiales en los que está realizada o la belleza de su factura y no se ve el Crucifijo ni su significado comienza a perderse una batalla. La Cruz sobre el pecho no es un adorno, no es un mero objeto que refleja la vanidad, es el Signo de la Redención que identifica a los cristianos, que nos consagra a Dios y nos hace desde el Bautismo, miembros de la Iglesia. Todos debemos ser muy conscientes de ello y comenzar, cada cual con su Cruz, una cruzada contra el Mal, que es el responsable final de la situación del mundo. La vanidad nos tienta, pero despreciándola, y poniendo a Cristo en el centro de todo podemos empezar a cambiar nosotros y así cambiar el orden desordenado que nos ha tocado en suerte y del que, de un modo u otro, somos complices y corresponsables.
El mundo está gobernado por vanidosos sedientos de satisfacer instintos primarios acaudalando riquezas, acumulando poderes, llenando su ego hasta el punto de despreciar a sus semejantes y no sólo creerse superiores a ellos, sino que incluso se llega al desprecio ajeno. Cierto es que todos nacemos iguales en dignidad, pero no es menos cierto que la desigualdad es un hecho natural que diferencia e identifica a cada ser humano, dándole unas características propias e inalienables. Este hecho de la desigualdad afecta a la esencia personal, pero no a las características intrínsecas propias de la esencia creadora que hay en cada uno de nosotros, ese poso divino de ser semejantes al Creador, sólo distintos en nuestra condición imperfecta, herencia de nuestros primeros padres. Así pues, quienes se ciegan por la vanidad en el ejercicio del poder asimilan un concepto espurio de la naturaleza de la desigualdad y se colocan en un falso pedestal, elevándose sobre sus propios hermanos, usándolos como cimientos de su vacuidad, como simples rasillones que soportan el peso vano de la soberbia.
Políticos, banqueros, especuladores sin escrúpulos pueden venirnos a la mente en tiempos pasados y en los actuales. Vanidosos que asientan sus feudos acentuando las desigualdades entre los hombres. No es necesario clamar aquí y ahora contra la inmoralidad de este mundo establecido sobre un orden perversamente injusto y darwinista, los pseudoparaísos capitalistas y comunistas que se dividen el mundo, nacidos ambos del monstruo de la falsa razón cartesiana, de la ilustración y de la fisiocracia, espejismos que han querido situar al Hombre en el centro de todo y lo han convertido en la más absoluta de las piltrafas al negarle su esencia transcendente con vacías promesas de libertades, igualdades y fraternidades que los propios sistemas niegan. El hombre es un mero productor, si es que puede encontrar trabajo en el mundo desarrollado en estos tiempos tiempos de crisis, un sujeto explotado por la barbarie generalizada, un instrumento del que las democracias se sirven cada cierto tiempo para que ratifique la legitimidad en las urnas, y en las dictaduras un número más que aclama. Lo mismo me da una cosa que la otra: el individuo se ha convertido en un mero número, en un chip, en un código de barras del atroz sistema, cuando no, y en el peor de los casos, en carne de cañón, en víctimas propiciatorias del sistema inmolados en las aras de la vanidad por hambrunas, enfermedades o guerras. Así de triste, un mundo en el que un millar de familias controlan prácticamente la totalidad de las riquezas, un mundo en el que, para mantener el tren de vida de unas pocas naciones (que se está desmoronando) se oprime al resto de seres humanos, condenándolos a vivir en un corral trasero, en condiciones indignas, donde los pueblos desarrollados hacemos que se libren guerras, muy lucrativas por otra parte, exportando la violencia y las tensiones fuera de nuestras fronteras.
Éstas son las consecuencias de la vanidad humana, el orden mundial más injusto al que nunca se había llegado. La negación de la transcendencia, la deificación del hombre, la liturgia del consumismo hacen que los nuevos templos se abarroten en detrimento de los verdaderos. Pero todo tiene un fin y un límite y el propio sistema lo sabe, lo que no alcanzamos a comprender es cuáles serán sus respuestas a esta crisis generalizada y a los daños, sobre todo morales, que están afligiendo a la humanidad. No creo en la impasibilidad de las masas, y ante la toma de conciencia particular de cada hombre, algo deberá suceder. Sólo espero que cuando, cada cual, al mirar en su interior en estos momentos, escuche las palabras de Verdad y Vida que yacen en nuestro interior, el mensaje rotundo y transformador del Evangelio. Este mundo pasará, pero no Dios.
Y antes de seguir ahondando en esta tediosa reflexión, no puedo negar que yo peque de vanidad, porque lo hago como humano que soy y quisiera, aunque las fuerzas muchas veces flaquean, tener mis ojos únicamente puestos en Cristo Pobre y Crucificado. A Él y sólo a Él el honor y la gloria. Pero cuesta, y mucho, porque llevar la Cruz no es tarea fácil, pero el mismo Crucificado nos ama tanto que no sólo se entregó en la Pasión y Muerte, sino que cada día se encarna de nuevo y se entrega a nosotros generosamente en forma de Pan y Vino, en un incruento Sacrificio eterno muestra de Su Amor incomparable, ayudándonos a llevar la Cruz, Él, que cargó con Ella hasta el Calvario con el peso de todos los pecados del mundo, donde Lo clavaron y entregó Su vida, inocente Cordero, manso, obediente y amante hasta la muerte. Él, que siendo Dios se hizo hombre por nosotros, renovó la Alianza, cumplió en Su Persona las Escrituras, la Ley y los Profetas, fue humilde hasta la entrega cruenta por nosotros y despreció las tentaciones, y está siempre a nuestro lado intercediendo ante el Padre como Su Ángel, ofreciéndose por nosotros en la Santa Misa, confirmándonos continuamente con el Espíritu. Si Él despreció toda vanidad, cuánto más deberemos nosotros hacer lo mismo.
Y, hecho el paréntesis, continúo con la reflexión. La vanidad no mueve únicamente los grandes centros de poder, los mecanismos económicos o políticos. Pensemos que los realmente poderosos no los conoce la gran mayoría, ellos se esconden en sus refugios atesorando vanidades y únicamente vemos a sus títeres. La vanidad hace estragos por doquier, sembrando luchas intestinas y rivalidades en los más variados ambientes, desde el más poderoso de los partidos políticos a la más mínima asociación, todos ansían su cuota de vanidad. Pequeñas guerras en las que el Mal va sembrando su simiente, en las que los hombres se destrozan por una insignificante parcela en la que satisfacer su ego. Así la vanidad va diseminándose, camuflando frustraciones e insatisfacciones, haciendo crecer las intrigas, venganzas, extraños pactos de enemigos que, en cuestión de horas y votos pasan a ser más que hermanos y viceversa. Pudiera parecer que la lealtad y la fidelidad son virtudes en desuso, pero no, la lealtad y la fidelidad a uno mismo y a su vanidad desgraciadamente proliferan por doquier y llegan hasta los lugares más insospechados.
El Mal intenta llegar incluso a lo más sagrado, a las entrañas mismas del Bien, y aunque sabe que tiene la guerra perdida, intenta ganar batallas. Esas batallas no las libra con los perdidos, porque ya los tiene ganados, sino con los más fieles. Es atrevido decir esto, pero el Mal llega a camuflarse, incluso, detrás de la Cruz. Cuando en la Cruz se ve la vanidad y no a Cristo, cuando se ven los materiales en los que está realizada o la belleza de su factura y no se ve el Crucifijo ni su significado comienza a perderse una batalla. La Cruz sobre el pecho no es un adorno, no es un mero objeto que refleja la vanidad, es el Signo de la Redención que identifica a los cristianos, que nos consagra a Dios y nos hace desde el Bautismo, miembros de la Iglesia. Todos debemos ser muy conscientes de ello y comenzar, cada cual con su Cruz, una cruzada contra el Mal, que es el responsable final de la situación del mundo. La vanidad nos tienta, pero despreciándola, y poniendo a Cristo en el centro de todo podemos empezar a cambiar nosotros y así cambiar el orden desordenado que nos ha tocado en suerte y del que, de un modo u otro, somos complices y corresponsables.
martes, 28 de febrero de 2012
Cinema Paradiso
Acabo de ver Nuovo Cinema Paradiso, la obra maestra de Tornatore, veinte años después de la primera vez, allá en el 91 ó 92 en Falmer. Lo recuerdo como si fuera hoy, en la pequeña sala de proyecciones de la Universidad de Sussex que usábamos los miembros de la Cult Movie Society, aunque otras veces nos reuníamos en el Duke of York's, un club privado en el centro de Brighton, en las cercanías de Saint Peter bastante exclusivo, alternativo y algo underground donde pagabas una cuota mensual y podías ir cuantas veces quisieras y cenar y fumar mientras veías las películas. Al terminar aquel curso las reuniones las hacíamos en las casas de unos y otros, con sesiones dobles de cine independiente y experimental que comenzaban a la medianoche y terminaban al amanecer con un paseo hasta el observatorio, sobre las colinas, que por una de esas extravagancias británicas estaba pintado como una casa de los pitufos y por ese motivo era conocido como el mushroom. Allí veíamos salir el sol y tras ello nos retirábamos. Yo sólo tenía que bajar la loma y llegar a mi enmoquetadísima casa de Park Village, con mi cuarto repleto de libros, de grabados y de cachivaches varios comprados en mercadillos y anticuarios a precios británicos, que poco tienen que ver con los nuestros.
Me veo con diecinueve o veinte años llorando al final de la proyección y ahora, con cuarenta, he vuelto a llorar, pero por motivos muy diferentes. En aquellos años devoré libros, obras de teatro, óperas, conciertos, museos, exposiciones y películas en tal cantidad que no sé de dónde sacaba el tiempo para estudiar, divertirme y vivir, que también lo hice, y mucho. Incluso hacía mis pinitos escribiendo, en cuadernos rayados y a mano. Conservo todo, pero poco hay reciclable. Hace tiempo que no los releo, pero recuerdo que en ellos era demasiado evidente las influencias de lo que leía. Ciertamente hay que dejar pasar los años y permitir que repose cuanto se ha visto, leído y vivido para que lo sembrado germine o se marchite, según su importancia. Entonces era una esponja que todo absorvía, un asiduo a cuanto acto social hubiera, hoy soy un eremita que a duras penas se lo ve en sociedad, que sólo ve cine en casa y que se ha vuelto extremadamente selectivo en cuanto a lecturas, música y compañías se refiere.
Hace veinte años yo me veía reflejado en Totò, el protagonista de la película, adolescente. En ese Totò al que Alfredo asía en la estación mientras lo conminaba a no volver a Giancaldo, el pueblo siciliano que lo había visto nacer. Demasiadas razones me hacían reflejarme en él y en esa Sicilia que por entonces marcaba mi existencia, tan parecida a mi Extremadura en tantas, tantísimas cosas. Me juré no volver a mi tierra natal, pero tres años después la vida dio tal vuelco que dejé toda mi vida y mi futuro para volver a Cáceres. Poco duró mi juramento, y allí empecé a comprender la inutilidad de hacer planes a largo plazo. Soñaba romper con todo, desaparecer, hacer mi vida toda vez que en mis años británicos me había encontrado conmigo, tras un largo proceso en el que me di la libertad. Pensé en quedarme para siempre en Inglaterra, pero un miedo enorme, atroz, un vértigo ante el compromiso quiso que me fuera a Madrid. Ya no albergo, confieso, miedo al compromiso, porque el que he contraído sólo tiene a Dios por testigo y de ése únicamente lo mejor se puede esperar. Dejé Albión como los exiliados jacobitas, en barco desde Faulkstone hasta Bolonia sobre el Mar camino de París. Una foto recuerda ese momento: se me ve jovencísimo, con los rizos al viento y unas wayfarer que camuflan las lágrimas.
Ahora con cuarenta años comprendo al Totò adulto que se enfrenta a sus fantasmas a pesar de haber intentado huir de ellos durante años. Pero no me identifico con él, porque mis fantasmas conviven conmigo hace tiempo y los he asimilado y exorcizado de múltiples maneras. Asumo todo cuanto he hecho en mi existencia, sin ocultar nada, y vivo mis recuerdos sin sentir el dolor que antes me punzaba. Ahora lloro recordando con emoción aquellos años británicos, que pensé serían los más felices de mi vida, desde la altura de la cuarentena, sintiéndome más feliz que nunca en el lugar al que nunca juré volver. Ahora las notas de Morricone que llenaron mis pensamientos de nostalgias anticipadas suenan para mí de otra manera.
Me veo con diecinueve o veinte años llorando al final de la proyección y ahora, con cuarenta, he vuelto a llorar, pero por motivos muy diferentes. En aquellos años devoré libros, obras de teatro, óperas, conciertos, museos, exposiciones y películas en tal cantidad que no sé de dónde sacaba el tiempo para estudiar, divertirme y vivir, que también lo hice, y mucho. Incluso hacía mis pinitos escribiendo, en cuadernos rayados y a mano. Conservo todo, pero poco hay reciclable. Hace tiempo que no los releo, pero recuerdo que en ellos era demasiado evidente las influencias de lo que leía. Ciertamente hay que dejar pasar los años y permitir que repose cuanto se ha visto, leído y vivido para que lo sembrado germine o se marchite, según su importancia. Entonces era una esponja que todo absorvía, un asiduo a cuanto acto social hubiera, hoy soy un eremita que a duras penas se lo ve en sociedad, que sólo ve cine en casa y que se ha vuelto extremadamente selectivo en cuanto a lecturas, música y compañías se refiere.
Hace veinte años yo me veía reflejado en Totò, el protagonista de la película, adolescente. En ese Totò al que Alfredo asía en la estación mientras lo conminaba a no volver a Giancaldo, el pueblo siciliano que lo había visto nacer. Demasiadas razones me hacían reflejarme en él y en esa Sicilia que por entonces marcaba mi existencia, tan parecida a mi Extremadura en tantas, tantísimas cosas. Me juré no volver a mi tierra natal, pero tres años después la vida dio tal vuelco que dejé toda mi vida y mi futuro para volver a Cáceres. Poco duró mi juramento, y allí empecé a comprender la inutilidad de hacer planes a largo plazo. Soñaba romper con todo, desaparecer, hacer mi vida toda vez que en mis años británicos me había encontrado conmigo, tras un largo proceso en el que me di la libertad. Pensé en quedarme para siempre en Inglaterra, pero un miedo enorme, atroz, un vértigo ante el compromiso quiso que me fuera a Madrid. Ya no albergo, confieso, miedo al compromiso, porque el que he contraído sólo tiene a Dios por testigo y de ése únicamente lo mejor se puede esperar. Dejé Albión como los exiliados jacobitas, en barco desde Faulkstone hasta Bolonia sobre el Mar camino de París. Una foto recuerda ese momento: se me ve jovencísimo, con los rizos al viento y unas wayfarer que camuflan las lágrimas.
Ahora con cuarenta años comprendo al Totò adulto que se enfrenta a sus fantasmas a pesar de haber intentado huir de ellos durante años. Pero no me identifico con él, porque mis fantasmas conviven conmigo hace tiempo y los he asimilado y exorcizado de múltiples maneras. Asumo todo cuanto he hecho en mi existencia, sin ocultar nada, y vivo mis recuerdos sin sentir el dolor que antes me punzaba. Ahora lloro recordando con emoción aquellos años británicos, que pensé serían los más felices de mi vida, desde la altura de la cuarentena, sintiéndome más feliz que nunca en el lugar al que nunca juré volver. Ahora las notas de Morricone que llenaron mis pensamientos de nostalgias anticipadas suenan para mí de otra manera.
martes, 14 de febrero de 2012
14 de febrero
Hoy parece que es de obligación pregonar pasiones a los cuatro vientos que uno está loco de amor, por eso y siguiendo las palabras de la Pantoja que dan título a este blog, hoy quiero confesar que estoy enamorado... Y aunque parece que proclamar ciertos amores hoy esté casi prohibido, a pesar de ser mirado como bicho raro, confieso que estoy loco por el ser más maravilloso que existe, ha existido y existirá y por ello, públicamente le dedico el soneto que escribí hace años al Cristo del Calvario, sabiendo que, ni por asomo, podré jamás amar como él ama.
Humano Dios colgado de un madero,
Dios mismo hecho hombre divino,
extraña senda es tu amargo destino
pues, por amor, te entregas a mí entero.
Tu pecho, traspasado ya de acero,
manando está la sangre que hoy es vino
y quiero caminar yo tu camino,
y ser tu amigo, amante y compañero.
Quisiera yo amar como tú me amas
-sin límite, sin tiempo y sin medida-
borracho de la sangre que derramas,
bebiéndola, sediento, de tu herida,
tu herida de amor, porque tú me amas,
tú me amas tanto, que me das tu vida.
Humano Dios colgado de un madero,
Dios mismo hecho hombre divino,
extraña senda es tu amargo destino
pues, por amor, te entregas a mí entero.
Tu pecho, traspasado ya de acero,
manando está la sangre que hoy es vino
y quiero caminar yo tu camino,
y ser tu amigo, amante y compañero.
Quisiera yo amar como tú me amas
-sin límite, sin tiempo y sin medida-
borracho de la sangre que derramas,
bebiéndola, sediento, de tu herida,
tu herida de amor, porque tú me amas,
tú me amas tanto, que me das tu vida.
domingo, 5 de febrero de 2012
Las tres respuestas de Dios
Llevo varios días haciéndome preguntas sin respuestas. O, mejor dicho, dándole vueltas a las respuestas que, de sobra conozco, a las preguntas que no sé muy bien por qué me formulo, torturándome con ellas. Intento no pensar, pero es imposible no hacerlo y ver cómo una y otra vez se frustran las esperanzas puestas en las personas. Debo dar gracias por quienes me quieren y están a mi lado: pocos amigos, pero buenos, muy buenos, y ellos saben bien quiénes son y saben también que mi cariño hacia ellos es inmenso. Hace tiempo que me alejé del mundanal ruido y no me arrepiento en absoluto. Me cansé de frivolidades y superficialidades. Sólo se me ve en algún que otro acto religioso contado y ahí se acabó todo. La sociedad vive muy bien sin mí y yo vivo mejor sin ella.
En estos días las personas que quiero han soportado mis cuitas y soy consciente de que a alguno, en especial, lo he preocupado más de lo debido, sin darme cuenta, pensando más en mí que en quienes me rodean, sin caer en la cuenta de que la tristeza es una gran blasfemia y creyendo, lleno de egoísmo, que mis oraciones no se escuchan.
Son tiempos de crisis difíciles, demasiado duros, pero he pasado por peores momentos en mi vida y me doy cuenta de que no tengo derecho a quejarme y la confianza que deposito en ciertos sueños la debo depositar en las realidades, en lo palpable, en lo certero. Sólo eso importa, el resto es demasiado prescindible, y sé, con firme convicción, que nada me faltará.
Decía que he rezado mucho estas semanas pidiendo y pensaba, con soberbia, no haber sido escuchado. Cierto es que no suelo pedir para mí, y mucho menos cosas materiales, pero era mi sustento lo que estaba en juego. Me está costando escribir esto, lo confieso, pero quiero y necesito hacerlo.
La respuesta a mis oraciones la he encontrado esta noche en un correo electrónico, podría decir que por casualidad, pero no creo en las casualidades. Una imagen que reproduzco al final del post y que indica las tres respuestas que Dios tiene ante nuestras peticiones. La primera es "sí", la segunda "todavía no" y la tercera "tengo algo mejor en mente". Si no ha sucedido lo que deseaba es porque Él tiene otros planes para mí, aunque no atine bien a entenderlos, pero es difícil entender la lógica ilógica de Dios y por eso esta noche me abandono en Sus manos, sabiendo que ha dispuesto los medios para que nada me falte y me ha dado todo cuanto se necesita para ser feliz en esta tierra: Pobreza, Alegría y Amor.
En estos días las personas que quiero han soportado mis cuitas y soy consciente de que a alguno, en especial, lo he preocupado más de lo debido, sin darme cuenta, pensando más en mí que en quienes me rodean, sin caer en la cuenta de que la tristeza es una gran blasfemia y creyendo, lleno de egoísmo, que mis oraciones no se escuchan.
Son tiempos de crisis difíciles, demasiado duros, pero he pasado por peores momentos en mi vida y me doy cuenta de que no tengo derecho a quejarme y la confianza que deposito en ciertos sueños la debo depositar en las realidades, en lo palpable, en lo certero. Sólo eso importa, el resto es demasiado prescindible, y sé, con firme convicción, que nada me faltará.
Decía que he rezado mucho estas semanas pidiendo y pensaba, con soberbia, no haber sido escuchado. Cierto es que no suelo pedir para mí, y mucho menos cosas materiales, pero era mi sustento lo que estaba en juego. Me está costando escribir esto, lo confieso, pero quiero y necesito hacerlo.
La respuesta a mis oraciones la he encontrado esta noche en un correo electrónico, podría decir que por casualidad, pero no creo en las casualidades. Una imagen que reproduzco al final del post y que indica las tres respuestas que Dios tiene ante nuestras peticiones. La primera es "sí", la segunda "todavía no" y la tercera "tengo algo mejor en mente". Si no ha sucedido lo que deseaba es porque Él tiene otros planes para mí, aunque no atine bien a entenderlos, pero es difícil entender la lógica ilógica de Dios y por eso esta noche me abandono en Sus manos, sabiendo que ha dispuesto los medios para que nada me falte y me ha dado todo cuanto se necesita para ser feliz en esta tierra: Pobreza, Alegría y Amor.
martes, 31 de enero de 2012
La carne de membrillo
Lo cierto es que soy cacereño porque Mamá se empeñó. Lo normal hubiera sido haber nacido en Badajoz, donde mis Padres vivían desde que se casaron, pero a Mamá se le metió entre ceja y ceja que yo tenía que nacer aquí y menuda es ella. Así que a Cáceres que se vino.
Tardé casi dos días en nacer, porque la prisa no ha sido nunca una de mis características más marcadas. Fue en la Clínica de Santa Ana, era martes, a las seis de la tarde (con lo que resulta que soy escorpio ascendente tauro), llovía y Papá se estaba comiendo un bocadillo de Jamón en la Marina, desesperado por mi tardanza. Usaron ventosa para sacarme y si a la deformación de la cabeza le unimos que tenía la frente llena de pelo, nadie me sacaba parecido en la familia. Bien empezó la cosa. Al único que le parecía guapo era a Abuelo Manolo, a quien además cogieron metiéndome una loncha de jamón en la boca mientras todavía estaba en la clínica. La clínica, que hoy es un bloque de edificios con multicines incluidos, todo cambia, pero mi gusto por el jamón se ha visto inalterado.
Lo que sí se alteró fue la costumbre familiar de poner el nombre del santo del día, cosa que agradecí porque si llegan a llamarme Francisco de Asís Margarito de Escocia me muero directamente. Me bautizaron el día del cumpleaños de Tía María Cruz, me presentaron a la Santísima Virgen de la Montaña y me llevaron a Badajoz, anunciándose todo ello en la correspondiente sección de ecos de sociedad con ese tono cursi y rimbombante de la época.
Mamá vivía en Badajoz desde que empezó la carrera. Ella quería estudiar arquitectura, algo normal teniendo en cuenta que su familia materna estaba vinculada a la construcción desde generaciones, pero los Abuelos lo encontraron poco femenino, esas cosas de entonces, así que se puso a estudiar perito mercantil y Papá lo mismo. Pero la pasión de Mamá por la arquitectura la ha proyectado en su afición por obras y reformas y en alguna que otra cuestión inmobiliaria. A lo que iba, Mamá se hizo cargo mientras estudiaba de los negocios familiares en Badajoz y en lo que Papá hacía la mili, se puso con el profesorado mercantil. Recién llegado de la mili se casaron y al año y medio nací yo, para tormento de este mundo.
Los tres primeros años de mi vida transcurrieron en Badajoz, aunque un incidente fronterizo casi hace que me viese envuelto en un conflicto internacional. En aquella época aún existían aduanas y pasar la frontera era una verdadera castaña. Pues hete aquí que sin tener ni un mes me llevaron a Portugal, tierra, junto a Italia, de mi familia materna, y a nadie se le ocurrió inscribirme en el pasaporte de nadie. Parece ser que no hubo problema alguno al pasar hacia allá, pero al volver a España el guardinha dijo que yo no aparecía por ninguna parte y que era un niño robado. Mamá lloraba como una Magdalena y Papá ponía conferencias, que era como entonces se llamaba a hablar por teléfono. Al final se presentaron en la aduana el cónsul portugués en Badajoz y el español en Elvas para deshacer el entuerto y todo resuelto. Otro anticipo de lo que sería mi futuro en cuestiones de pasaportes, nacionalidades y ciudadanías.
Pues aunque, como dije, mis primeros años pasaron junto al Guadiana no recuerdo absolutamente nada de lo que sería normal. No me acuerdo de la casa, de la calle, del despacho... Conste que Badajoz me encanta y que he ido muchísimo, incluso en ocasiones me he paseado por la Avenida de Colón, donde vivíamos, he ido hasta la Iglesia de San José, me he paseado Santo Domingo, Menacho, San Atón, es decir, los sitios donde transcurrió mi primera infancia. Y nada, que no recuerdo nada.
Mi primer recuerdo es absurdo. Parece, como si estuviera allí ahora mismo, que estoy viendo el supermercado donde Vale, la chica que estaba en casa, hacía la compra. Me veo sentado en la silla y, desde abajo, fijo los ojos en la vitrina llena de fiambres, embutidos y quesos y mi mirada se detiene en la carne de membrillo, brillante, magenta, llamativa... La memoria es tan nítida que puedo incluso sentir los olores de la charcutería mientras escribo, porque hay que decir que mi memoria olfativa ha sido siempre estupenda, y que a pesar de fumar como un turco desde los quince años no he perdido este sentido en absoluto.
Pues éste es mi primer recuerdo y me pregunto si no hay nada más apasionante en mis primeros años para recordar una porción de carne membrillo (que, por otra parte, no me apasiona) en una vitrina de charcutería. La única conclusión a la que llego (bastante barata, sin lugar a dudas) es que si ése es mi primer recuerdo, no me extraña que tenga la cabeza como la tengo. Que nadie después se lleve a engaño leyendo estas confesiones mías.
Tardé casi dos días en nacer, porque la prisa no ha sido nunca una de mis características más marcadas. Fue en la Clínica de Santa Ana, era martes, a las seis de la tarde (con lo que resulta que soy escorpio ascendente tauro), llovía y Papá se estaba comiendo un bocadillo de Jamón en la Marina, desesperado por mi tardanza. Usaron ventosa para sacarme y si a la deformación de la cabeza le unimos que tenía la frente llena de pelo, nadie me sacaba parecido en la familia. Bien empezó la cosa. Al único que le parecía guapo era a Abuelo Manolo, a quien además cogieron metiéndome una loncha de jamón en la boca mientras todavía estaba en la clínica. La clínica, que hoy es un bloque de edificios con multicines incluidos, todo cambia, pero mi gusto por el jamón se ha visto inalterado.
Lo que sí se alteró fue la costumbre familiar de poner el nombre del santo del día, cosa que agradecí porque si llegan a llamarme Francisco de Asís Margarito de Escocia me muero directamente. Me bautizaron el día del cumpleaños de Tía María Cruz, me presentaron a la Santísima Virgen de la Montaña y me llevaron a Badajoz, anunciándose todo ello en la correspondiente sección de ecos de sociedad con ese tono cursi y rimbombante de la época.
Mamá vivía en Badajoz desde que empezó la carrera. Ella quería estudiar arquitectura, algo normal teniendo en cuenta que su familia materna estaba vinculada a la construcción desde generaciones, pero los Abuelos lo encontraron poco femenino, esas cosas de entonces, así que se puso a estudiar perito mercantil y Papá lo mismo. Pero la pasión de Mamá por la arquitectura la ha proyectado en su afición por obras y reformas y en alguna que otra cuestión inmobiliaria. A lo que iba, Mamá se hizo cargo mientras estudiaba de los negocios familiares en Badajoz y en lo que Papá hacía la mili, se puso con el profesorado mercantil. Recién llegado de la mili se casaron y al año y medio nací yo, para tormento de este mundo.
Los tres primeros años de mi vida transcurrieron en Badajoz, aunque un incidente fronterizo casi hace que me viese envuelto en un conflicto internacional. En aquella época aún existían aduanas y pasar la frontera era una verdadera castaña. Pues hete aquí que sin tener ni un mes me llevaron a Portugal, tierra, junto a Italia, de mi familia materna, y a nadie se le ocurrió inscribirme en el pasaporte de nadie. Parece ser que no hubo problema alguno al pasar hacia allá, pero al volver a España el guardinha dijo que yo no aparecía por ninguna parte y que era un niño robado. Mamá lloraba como una Magdalena y Papá ponía conferencias, que era como entonces se llamaba a hablar por teléfono. Al final se presentaron en la aduana el cónsul portugués en Badajoz y el español en Elvas para deshacer el entuerto y todo resuelto. Otro anticipo de lo que sería mi futuro en cuestiones de pasaportes, nacionalidades y ciudadanías.
Pues aunque, como dije, mis primeros años pasaron junto al Guadiana no recuerdo absolutamente nada de lo que sería normal. No me acuerdo de la casa, de la calle, del despacho... Conste que Badajoz me encanta y que he ido muchísimo, incluso en ocasiones me he paseado por la Avenida de Colón, donde vivíamos, he ido hasta la Iglesia de San José, me he paseado Santo Domingo, Menacho, San Atón, es decir, los sitios donde transcurrió mi primera infancia. Y nada, que no recuerdo nada.
Mi primer recuerdo es absurdo. Parece, como si estuviera allí ahora mismo, que estoy viendo el supermercado donde Vale, la chica que estaba en casa, hacía la compra. Me veo sentado en la silla y, desde abajo, fijo los ojos en la vitrina llena de fiambres, embutidos y quesos y mi mirada se detiene en la carne de membrillo, brillante, magenta, llamativa... La memoria es tan nítida que puedo incluso sentir los olores de la charcutería mientras escribo, porque hay que decir que mi memoria olfativa ha sido siempre estupenda, y que a pesar de fumar como un turco desde los quince años no he perdido este sentido en absoluto.
Pues éste es mi primer recuerdo y me pregunto si no hay nada más apasionante en mis primeros años para recordar una porción de carne membrillo (que, por otra parte, no me apasiona) en una vitrina de charcutería. La única conclusión a la que llego (bastante barata, sin lugar a dudas) es que si ése es mi primer recuerdo, no me extraña que tenga la cabeza como la tengo. Que nadie después se lleve a engaño leyendo estas confesiones mías.
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